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Art & Design

Tomás Pichardo-Espaillat: Bajo sus narices

Tomás Pichardo-Espaillat: Bajo sus narices

Así a lo callado —porque, para colmo, es callado— el ilustrador y animador dominicano es el responsable de los trazos detrás de varios vídeos de TED-Ed y The School of Life. ¿Qué tiene su visión artística que hace que su trabajo sea tan exportable?

Antes de caer de vuelta en Santo Domingo, Tomás Pichardo-Espaillat rodó por La Romana, Nueva York, Buenos Aires y Treviso. De ese arroz con mango cultural ha salido un estilo muy reconocible, ya sea en un vídeo didáctico de TED-Ed, en una pieza de filosofía animada de The School of Life o en los personajes tridimensionales que hizo para su más reciente exposición individual, El vendedor de muchachas de cartón. Ahí se combinan los colores del colmado, el ruido casi musical de la ciudad capital y los miedos y complejos del caribeño. Justamente esos factores, que salieron sin permiso a lo largo de más de una década de trabajo y auto exploración, son los que hacen que su trabajo sea irónicamente universal. En otras palabras, para mirar hacia afuera, Tomás ha tenido que mirar hacia dentro.

Justamente esos factores, que salieron sin permiso a lo largo de más de una década de trabajo y auto exploración, son los que hacen que su trabajo sea irónicamente universal. En otras palabras, para mirar hacia afuera, Tomás ha tenido que mirar hacia dentro.

En un momento donde las artes visuales están tan globalizadas --dígase, alguien en Viena puede hacer piezas con el mismo sentido estético que alguien en Puerto Rico--, ¿es importante para ti trabajar con elementos distintivos que te planten en República Dominicana?

No es algo que busco conscientemente, pero veo que surge con mucha frecuencia en mi trabajo. Me pasa que físicamente no parezco dominicano: me monto en un taxi y siempre me preguntan de dónde soy. Soy muy callado, hablo bajito y tengo algunos otros detalles que no me conectan con las características que casi siempre predominan en una personalidad dominicana. Aun así, mi identidad dominicana se manifiesta de otras formas: muchos de los elementos visuales de mi trabajo se deben a haberme criado aquí. Mi paleta de colores es muy saturada y diversa, y tiendo a cargar mis piezas de texturas, y no fue hasta que regresé al país hace dos años que me di cuenta de donde venía eso: son las calles de Santo Domingo. Son los colores y los ruidos con los que me crié. Es caminar el otro día y ver un colmado con colores que no pegan para nada, o el ruido de música a todo volumen mezclada con las bocinas de los carros que están pasando. Son esas casitas con techos de zinc, una encima de la otra. Todo eso lo veo ahora en mi trabajo.

Ahora, hay artistas cuyos trabajos no tienen ningún enlace con sus países de origen, pero en el caso de ellos ni importa, porque transmiten un mensaje o un sentimiento tan universal, que aun hayamos venido de diferentes trasfondos, siento igual de fuerte sus interrogantes y dudas.

El vendedor de muchachas de cartón, por Tomas Pichardo.

Hablando de colores y texturas dominicanas: ¿Soy yo, o en el vídeo de The Neuroscience of Imagination hiciste una referencia cromática y de trazo a Cándido Bidó?

Eres la primera persona que lo nota… y sí, es correcto. Cuando era pequeño me impactaba mucho, con sus colores fuertes y su trazo. A medida que fui creciendo esa admiración se fue perdiendo, porque sentía que su trabajo se había vuelto la copia de la copia de Cándido Bidó — no por su valor estético, sino porque sentía que estaba viendo el mismo cuadro siempre—. Pero aun así, siempre se me quedó la pregunta de cómo se vería su trabajo en animación.

¿Y de dónde vienen las narices coloridas de tus personajes, casi tu leitmotiv visual?

Mi mama tiene la nariz perfilada y [el artista dominicano] Luisito Nazario desde el colegio me relajaba muchísimo con mi nariz, aun no fuera tan perfilada como la de mi mamá. No creo que eso me haya marcado al punto de odiar mi nariz, pero de alguna forma u otra ha salido en mi trabajo. Tengo una escultura de mí en casa que hice cuando estaba estudiando en Chavón, y tiene la nariz mucho más grande de lo normal. Es la pieza más antigua que tengo en donde la nariz tiene algo específico. Hoy me gusta colorearlas; sé que su origen viene de mi mamá y mi amigo, pero no hay una razón oculta por la cual las coloree.

Esas narices de frononó, un complejo tan dominicano, estuvieron presentes en tu exposición individual en Casa Quien. Ahí trabajaste piezas con cartón, un elemento cotidiano que se descarta sin pensarlo. ¿Fue fácil convencer al público de que el cartón podía ser arte?

Cuando estudiaba en Chavón no tenía mucho dinero para comprar bastidores nuevos para cada pieza, y tenía que improvisar con todo lo que encontrara tirado. En esos tiempos me interesaba más el valor estético de cada material. Pero antes de regresar al país estaba estudiando y trabajando en Fabrica, en Italia. Durante mi segundo año, mi jefe era Erik Ravelo, un artista creador increíble que ahora es un gran amigo y mentor. Aprendí muchísimo de él, y algo que se quedó conmigo es la importancia del material cuando cuentas una historia. Por ejemplo, entre sus esculturas están una paloma hecha con balas usadas y un atleta hecho con pastillas de esteroides.

En el caso del cartón y la expo de El vendedor de muchachas de cartón en Casa Quien, siento que resonó bastante con el público en niveles diferentes. Primero, el material, pues a mucha gente le gustó el uso del cartón para piezas de arte. Segundo, el mensaje, que hablaba de amor y desamor de la manera mas personal y universal posible.

¿Cómo se dio tu colaboración con The School of Life? ¿Cuál ha sido la respuesta a la combinación de temas tan seriamente bottonianos con tu estilo visual más relajado?

Antes de trabajar con Alain de Botton y The School of Life trabajaba con la gente de TED-Ed. Más o menos el mismo formato: un ensayo sobre algo social, planteado en una narración, y me toca a mí animarlo. Una ventaja que tenía con ellos es que, como tienen una plataforma y un público global, cada vez que sale un vídeo me escriben de sitios diferentes para hacer piezas nuevas. Uno de esos casos fue Alain de Botton.

Confieso que antes de que él me escribiera no conocía nada de su trabajo, pero investigando sobre ellos me enamoré de su filosofía de vida. Cuando trabajo con clientes yo soy muy selectivo. Para decir que sí tengo que enamorarme de sus ideas, de su pasión por contar una historia específica —o por la música, en caso de que sea un videoclip—. En el caso de The School of Life, me identifico con las palabras de Alain de Botton, y cuando animo sus piezas, ya no es para él que estoy animando, sino para mí, para eso que me hacen sentir esas palabras. Cuando él habla de amor, de soledad y de la forma en que nos conectamos con los demás, esos son temas que frecuentan mucho mis piezas y por igual yo como persona. Eso me ayuda a escribir mejores historias, a entender mejor mis personajes, qué los motiva, cómo interactúan unos con otros.

¿Por qué crees que, aun con el impulso de la Ley de Cine, todavía no estamos viendo tantos proyectos locales de animación en corto o largometraje?

Porque la comunidad de animadores dominicanos sigue siendo muy pequeña e inconsistente. De los pocos que somos, hay muchos niveles diferentes de conocimientos de animación. Yo, por ejemplo, estoy lleno de lagunas; gran parte de lo que aprendí lo tuve que buscar solo o después de haber cometido muchísimos errores.

Hay piezas en formato cortometraje, aunque muy pocas; Ignacio Alcántara y Randy Morales son dos ejemplos de esto. Pero entiendo a qué te refieres, y es una interrogante muy fuerte tomando en cuenta lo accesible que es el medio de la animación: toda la información y las referencias existen en internet, y puedes salir con un proyecto animado de muy buena producción con muy pocos recursos. Pienso que esto se debe a los cursos de animación que hay en el país, que de por sí son escasos: la mayoría solo se enfocan en cómo operar los programas. Y eso no es malo: aprender la técnica es importantísimo, pero hacen falta muchos más cursos que te enseñen cómo contar historias animadas. Así veríamos mas animadores experimentando con historias en vez de ver animadores con portafolios llenos de walking cycles.

¿Se puede vivir de las artes visuales en República Dominicana en 2017?

Por igual se puede pasar hambre y mucho trabajo con el arte en un país como Suecia. Pero de primera mucha gente no cree que se puede vivir de las artes. Cuando apenas comienzas ni uno mismo cree en su trabajo. Toma mucho tiempo evolucionar tus piezas, y durante esa etapa de desarrollo te encuentras bombardeado con mucha gente diciéndote que no se puede. Cualquiera se rinde —yo por poco y me rendí en varias ocasiones—.

Luego está la misma realidad de que para vivir se necesita dinero, y producir arte cuesta dinero y mucho tiempo. Con todo el período de desarrollo y experimentación artística no es hasta varios años después que lo que creas comienza a tomar peso y generar dinero. Y eso no es solo aquí: yo me encontraba recién graduado de Parsons, haciendo trabajos para nada relacionados al arte, con un montón de deudas y el pensamiento de que quizás esto no era para mí y tenía que regresar a Santo Domingo. Pero aun llegando todos los días del metro a casa, con hambre, le dedicaba unos minutos a mis proyectos personales. Diría que a lo mío le dedicaba apenas un cinco por ciento diario… y con el tiempo ese porcentaje fue subiendo exponencialmente. 

Pero en esa misma etapa es que mucha gente se pierde. Yo regresé a Chavón a dar clases hace dos años y me topo con algunos estudiantes excepcionales, con un trabajo que va a dar mucho de qué hablar en años venideros… pero ha pasado un año desde que se graduaron y no he vuelto a oír de mucho de ellos. Yo entiendo, toma tiempo… pero entonces veo que algunos ni siquiera han hecho otra pieza más desde que se graduaron. Y así sucede cada año: un grupito pequeño con trabajo súper fuerte, que van desapareciendo tan pronto se gradúan. Es casi como un colador, muy pocos siguen intentándolo.

En tu experiencia, ¿cómo se lucha contra esa etapa de pérdida?

Algo que ayuda a luchar con eso es la información: hace falta entender los recursos que hay, no solo nacional sino también internacionalmente. Muchos de nosotros salimos de la universidad sin siquiera saber cómo se propone una exhibición, o dónde uno aplica a programas de residencia. Algunos de esos programas son gratuitos y de muy alta calidad; un estudiante con un muy buen portafolio entra fácil. En mi caso, gran parte de esa información me tomó mucho tiempo aprenderla. No fue hasta ocho años después de graduarme que tuve mi primera exhibición individual y aun así en ella cometí tantos errores; fueron como tres personas a la apertura y nada se vendió. Pero aprendí mi lección, a la mala y con mucho trabajo, y la próxima exhibición que hice apliqué todo lo que aprendí y me fue mucho mejor.

Pero del otro lado, muchos profesionales visuales en República Dominicana se quejan de que los trabajos comerciales tienen poco valor artístico, comunicativo, emotivo. ¿Crees tú que eso es cierto en el país?

El trabajo comercial sí tiene valor artístico y sí puede evocar emociones muy fuertes en el público. Sucede que en nuestro país tenemos muchos clientes con poca educación visual, y con frecuencia los trabajos de mayor valor artístico y emotivo no llegan hasta el final, ya sea por la cantidad de cambios o decisiones que se toman durante el proceso de creación. Pero sí se puede crear un trabajo comercial con valores fuertes —se hace bastante fuera del país, y creadores aquí lo hacen por igual—. No sale con la frecuencia que quisiéramos, pero hay muchos profesionales visuales que están empujando y trabajando muy duro para cambiar esa situación.

Por ejemplo, está el caso de Carlito García: para mí lo que él hace, si lo hiciera en un sitio tipo Berlín, Tokio o hasta Portland, hace mucho que su trabajo hubiera tenido algún reconocimiento mayor. Pero en cambio él está aquí, y eso no es malo; lo que él hace aquí tiene un impacto en la identidad visual dominicana. Tiene su propia banda de música y hasta un sello con el que rescata actos que ya no se escuchan desde hace tiempo. También crea y organiza eventos visuales, performances, colaboraciones y contenidos de todo tipo. Siento que su identidad visual es única dentro de la comunidad dominicana y hay piezas que hasta a mí me tomó un buen tiempo entender su valor estético, pero todo lo que él hace es contenido para alimentar nuestra comunidad.

Esto es algo que toma tiempo. Nuestro trabajo va evolucionando y siendo cada vez mas rico visualmente. Por un lado vamos creando mejores piezas o eventos culturales que van alimentando nuestro lenguaje visual y por el otro vamos cambiando la relación con las personas con quienes trabajamos.

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Tomás Pichardo Espaillat (@tomaspichardoespaillat) • Instagram photos...


Fotos: Cortesía de Tomás Pichardo-Espaillat